Organizaciones convocan a foro en Brasil para enfrentar al avance de la derecha y la guerra
El año 2026 comenzó con un giro dramático en las tensiones geopolíticas de América Latina. En enero, Estados Unidos lanzó una operación militar contra Venezuela, un movimiento que sacudió al continente y reavivó los fantasmas de intervenciones pasadas. El operativo no solo incluyó ataques aéreos y navales, sino que culminó con el secuestro del presidente venezolano y su esposa, un acto que generó condenas inmediatas en la región y más allá. Las autoridades venezolanas denunciaron el hecho como un golpe de Estado encubierto, mientras que Washington justificó su acción bajo el argumento de “proteger la democracia y combatir el narcotráfico”, aunque sin presentar pruebas contundentes que respaldaran sus acusaciones.
Sin embargo, este no fue un episodio aislado. Desde agosto de 2025, las fuerzas armadas estadounidenses habían intensificado sus operaciones en aguas internacionales del Caribe y el Pacífico Oriental, supuestamente para frenar el tráfico de drogas. Según registros oficiales, entre el 2 de septiembre de ese año y mediados de febrero de 2026, más de 130 personas perdieron la vida en estos operativos. Lo más preocupante es que ninguna de las víctimas fue sometida a un proceso judicial, ni se presentaron evidencias públicas que demostraran su vinculación con actividades ilícitas. Críticos de la política exterior estadounidense señalan que estas acciones reflejan un patrón de impunidad y uso desproporcionado de la fuerza, donde la presunción de inocencia parece haber sido ignorada por completo.
El escenario ha generado una respuesta desigual en la izquierda global. Mientras algunos sectores han alzado la voz con firmeza, otros enfrentan dificultades para articular una oposición unificada. Las diferencias ideológicas, estratégicas y hasta personales entre los movimientos progresistas han impedido, hasta ahora, una coordinación efectiva frente a lo que muchos consideran una escalada imperialista. No obstante, existe un consenso creciente: la necesidad de construir un frente amplio y transnacional que contrarreste estas agresiones. La diversidad de actores —desde partidos políticos hasta organizaciones sociales y sindicatos— no debería ser un obstáculo, sino una fortaleza para enfrentar a enemigos que, como se ha visto, no dudan en recurrir a la fuerza bruta.
En este contexto, la conferencia de Porto Alegre emerge como un espacio clave. El encuentro, que reúne a líderes y activistas de todo el mundo, busca sentar las bases para una resistencia organizada. El desafío no es menor: se trata de superar divisiones históricas y construir alianzas capaces de hacer frente a un panorama cada vez más hostil. La pregunta que queda en el aire es si este esfuerzo logrará trascender los discursos y traducirse en acciones concretas. Lo que está claro es que, ante la creciente militarización y las violaciones al derecho internacional, la unidad no es solo deseable, sino urgente. La historia reciente demuestra que, cuando las potencias actúan sin contrapesos, los pueblos más vulnerables pagan el precio más alto.
