El perro que rescató la Copa del Mundo de 1966: la increíble hazaña de Pickles
El trofeo que marcó un antes y después en la historia del fútbol mundial tuvo un destino tan inesperado como su propia leyenda. La Copa Jules Rimet, el premio más codiciado del balompié, sobrevivió a robos, guerras y hasta a un perro llamado Pickles, pero no pudo escapar de su trágico final. El trofeo que Brasil ganó en propiedad tras conquistar su tercer Mundial en 1970 —y que hoy sería una reliquia invaluable— desapareció para siempre en circunstancias que aún hoy generan controversia y desconcierto.
La historia de este objeto dorado, diseñado por el escultor francés Abel Lafleur en 1928, está llena de giros dramáticos. Durante la Segunda Guerra Mundial, el entonces presidente de la FIFA, el italiano Ottorino Barassi, lo escondió en una caja de zapatos bajo su cama para evitar que cayera en manos de los nazis. Décadas después, en 1966, el trofeo fue robado en Londres días antes del inicio del Mundial de Inglaterra. Un perro llamado Pickles, durante un paseo con su dueño, lo encontró envuelto en periódicos entre unos arbustos, salvándolo de un final prematuro. Ese hallazgo fortuito lo convirtió en un héroe canino y le dio al trofeo un aura de invencibilidad.
Sin embargo, el destino le tenía reservado un final menos glorioso. Tras la victoria de Brasil en México 1970, la FIFA entregó la Copa Jules Rimet en propiedad a la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), como reconocimiento a sus tres títulos mundiales. Durante años, el trofeo fue exhibido con orgullo en la sede de la CBF en Río de Janeiro, custodiado tras un vidrio blindado. Pero en diciembre de 1983, un grupo de ladrones irrumpió en el edificio, desactivó los sistemas de seguridad y se llevó la copa, junto con otros objetos de valor.
A diferencia del robo de 1966, esta vez no hubo un Pickles que apareciera para salvar el día. Las investigaciones revelaron que los delincuentes fundieron el trofeo para vender el oro, borrando para siempre una pieza de la historia del deporte. Aunque las autoridades brasileñas recuperaron parte del botín, la Copa Jules Rimet se perdió irremediablemente. En su lugar, la FIFA entregó una réplica a Brasil, pero el valor simbólico y emocional del original nunca pudo ser reemplazado.
Hoy, lo único que queda de aquel trofeo son las fotografías, los relatos y el recuerdo de su legado. Su desaparición no solo representó la pérdida de un objeto material, sino también el fin de un símbolo que había unido a generaciones de aficionados. La Copa Jules Rimet, con sus 3.8 kilos de oro y su base de lapislázuli, fue mucho más que un premio: fue testigo de los momentos más gloriosos y dramáticos del fútbol. Y aunque su historia terminó en un horno de fundición, su leyenda sigue viva en cada partido, en cada gol y en cada sueño de quienes creen que el deporte es capaz de escribir las páginas más increíbles.
